Selección de ARTÍCULOS de la Escuela Huber de Astrologia. Num 24.

Fotosíntesis y zodiaco. Un ejercicio analógico en la curva de intensidad del Zodiaco

Autor: José Antonio Rodríguez, jar@astro-nex.com Fecha: editado en el boletín nº 25, julio-septiembre 1999.

A lo largo de este artículo investigaremos algunos aspectos simbólicos de la relación entre el zodíaco y los procesos pentarítmicos o de cinco fases, los cuales constituyen la bases, por ejemplo, de la filosofía taoísta. Pero primero aclaremos un poco el sentido un tanto enigmático del término fotosíntesis en un texto de psicología astrológica. La fotosíntesis, aparte de sus obvias alusiones a la bioquímica vegetal, es una, a nuestro juicio, excelente metáfora empleada por Dane Rudhyar en su libro sobre los símbolos sabianos, para representar el significado numerológico de estructuras o procesos pentámeros en la naturaleza y en la psique. El problema que abordamos en realidad tiene que ver con la elucidación de un tema que a nuestro juicio es escasamente comprendido: el efecto energético de los signos sobre los planetas y el resto de los principios del sistema astrológico, no tanto desde el punto de vista cualitativo, punto éste bien desarrollado, como desde el punto de vista cuantitativo que introduce la existencia de un gradiente de intensidad en los signos.

La curva de intensidad de los signos

Las investigaciones de la escuela Huber han aportado a la astrología los importantes descubrimientos de la curva de intensidad de las casas, y también en los signos. Bajo estos nuevos conceptos subyace el concepto de que indicadores astrológicos de la psique de primer orden, como las casas y los signos, tienen una estructura de campo energético vibratorio, con fases en la distribución de la energía en tiempo y espacio 1 . Como en toda onda, las fases de distribución de la energía conectan puntos máximos y mínimos, así como direcciones crecientes y decrecientes. En astrología estamos familiarizados con fases crecientes y decrecientes de actividad mediante el ciclo de los aspectos o el mismo ciclo anual de latitud del sol que marca en el zodiaco los solsticios y equinoccios.

Bruno Huber ha encontrado que en las casas, los puntos máximos o cúspides y los puntos mínimos o valles ( talkpunt en alemán) mantienen entre sí una relación dada por la proporción áurea; esto indica de por sí la presencia en la psique de influencias rítmicas pentámeras. De forma análoga, se calcula en los signos un máximo, que corresponde a 11° 27' 36? grados de un signo.

No obstante existe una diferencia entre el ámbito de las casas y el de los signos; en el primer caso tenemos un curva “analógica” continua entre la cúspide y el punto valle, con precisas diferenciaciones de cualidad entre seis zonas de la casa, que afectan al comportamiento de un planeta. Esto ha sido extensamente tratado en el método Huber, y es de una gran importancia para aclarar tanto las posibilidades como las dificultades de actuación de un individuo y las consiguientes disfunciones conductuales o compensaciones. Sin embargo, la curva de intensidad de los signos se nos presenta a efectos prácticos como una escala digital “plana” con tres valores de intensidad: un planeta entre 27° y 30, y entre 0° y 2°, se considera débil; entre 2° y 7°, y entre 18° y 27°, se considera normal; y entre 7° y 18° se considera fuerte, con un máximo de fuerza, como decíamos, a los 12°. Estos valores son de intensidad, y solo describen el aporte energético del signo al planeta, que afectan a sus funciones tanto sensibles como expresivas.

Un factor importante a tener en cuenta es la interacción entre las dos curvas, que a menudo ponen de relieve ciertos tipos de problemas psicológicos. En general, en la curva de los signos solo se considera problemática la debilidad (por supuesto, desde una perspectiva que valora la potencia sobre la sensibilidad), en especial cuando un planeta muy débil (29°y 0° se consideran el punto mínimo de energía zodiacal) se ve sometido a grandes esfuerzos de rendimiento cerca de la cúspide de la casa. A la inversa, una gran fuerza del signo puede experimentarse como frustración acusada al confrontarse con las exigencias de introversión del punto de reposo o punto valle de la casa.

Por lo tanto, sería enriquecedor poder comprender los efectos de la curva de intensidad de los signos sobre los planetas con mayor detalle, en términos de significado, proceso y finalidad, y no solamente desde un punto de vista cuantitativo. Es lógico por otro lado que sepamos menos de la dinámica de los signos puesto que su manifestación se vuelve objetiva solo tras su interacción con el campo de las casas, y es de este modo, a través de la conducta, como podemos conocer las cualidades que tal conducta expresa y sus motivaciones internas.

(1) En realidad, no parece haber otro camino para explicar este modelo de la psique que acudir a metáforas ficisistas, las cuales por otro lado nos conectan con las cualidades de los números simples tal y como es transmitida por la sabiduría esotérica intemporal. El mismo enfoque ha sido adoptado en la teoría de los armónicos de John Addey y otros modelos astrológicos contemporáneos. Es importante subrayar, no obstante, que el uso de la terminología ondulatoria aplicada a la psique no deja de ser metafórico, aunque a la larga se revele como una sugestiva analogía.

El número cinco

La vibración del número cinco aparece en la naturaleza por primera vez en el reino vegetal como modelo de crecimiento y de proporciones en la estructura. En matemáticas la dinámica de esta vibración va aparejada, entre otros conceptos, a las espirales logarítmicas, la serie de Fibonacci, el rectángulo místico, el número de oro y la proporción áurea. Es igualmente importante como canon en la teoría de las proporciones estéticas. Las proporciones del cuerpo humano también siguen este modelo, así como es posible detectar su presencia en las principales relaciones armónicas de los intervalos musicales.

Desde un punto de vista más esotérico, la estrella de cinco puntas representa al ser humano como personalidad en evolución dotada de poder inteligente, en el que la mente como órgano receptivo posibilita el contacto con vibraciones de naturaleza superior. Para Rudhyar, estás vienen representadas por el número seis como portador de Luz, Amor y conciencia.

De ahí la metáfora de la fotosíntesis: por medio de la mente, el ser humano puede captar energía lumínica o consciente y transformarla en el sustento de las actividades más relacionadas con las actividades biológicas y formales del número cuatro. La relación del número seis con la luz como forma de conciencia también puede justificarse. La luz es un fenómeno que surge del encuentro de energías polarizadas, tal y como es notorio en la luz eléctrica. La conciencia es el fruto del encuentro del polo del espíritu con el polo de la materia.

La división del círculo por seis nos da seis ejes o modalidades principales de obtener conciencia por medio de la polaridad, experimentada en seis campos de actividad. En “ Un mandala astrológico ”, Rudhyar aplica el proceso en cinco fases tanto al círculo entero, obteniendo así una estrella con cinco arcos de 72 grados — lo mismo que hacen muchas especies vegetales en sus diseños florales — como a secuencias de cinco grados dentro de cada signo.

El zodiaco

Dado que estamos considerando aspectos de intensidad en los signos, sería interesante tener una visión energética del zodiaco. Como sabemos, el zodiaco es en esencia la relación orbital que se establece entre la tierra y el sol, derivada por tanto del movimiento de traslación de la tierra alrededor del sol. Como tal, porta, diferencia y distribuye la energía solar en el campo de experiencia terrestre.

Esta relación cíclica es a todos los efectos, y simultáneamente, onda y campo de fuerzas. Como onda presenta un aspecto invariable a efectos prácticos, análogo a la frecuencia en el modelo ondulatorio — un análisis más detallado revelaría que la invariancia de la frecuencia fundamenta cualquier sentido de identidad: todo es energía, y energía es ser en movimiento, o vibración.

También como onda presenta un aspecto variable, al que llamamos amplitud, de hecho la magnitud que oscila, dando cuenta de las transformaciones cíclicas de la energía. Cuando la amplitud es máxima, también lo es el movimiento y por lo tanto es máxima también la energía cinética de la onda; al mismo tiempo su distancia relativa al punto de equilibrio es nula, por lo que también es nula su energía potencial. Cuando la amplitud es mínima, el movimiento es mínimo, mínima su energía cinética, pero la posición dentro del campo es de máximo desequilibrio, y máxima por tanto su energía potencial.

La inclinación de la tierra con respecto al ecuador celeste marca los cuatro puntos decisivos del ciclo: Aries y Libra corresponden a puntos de amplitud o elongación mínima y de máxima energía potencial, mientras que Cáncer y Capricornio son los puntos de máxima amplitud y máxima energía cinética. Esto es válido para cualquier ciclo: las cuadraturas son aspectos en los que la energía cinética es máxima, mientras que en la conjunción y en la oposición son aspectos de máxima energía potencial.

Además, el zodiaco es un campo de tipo “cardiaco”, es decir, que internamente diferencia y estructura su energía en doce subcampos o subórbitas, a la manera en que lo hace el chakra cardiaco ­ por cierto, el hecho de que el chakra del plexo solar se configure en diez pétalos u órbitas menores señala alternativas significativas de configuración del círculo o del ciclo, subrayando desde otra perspectiva un posible significado para forma pentámeras o pentarítmicas de organización.

Esto es de hecho, lo que describe la curva de intensidad de los signos: no un campo simple sino uno compuesto e intensificado por un armónico de módulo doce. En términos de armonía musical, tendríamos una frecuencia fundamental más un armónico — entre otros­ que se corresponde con la dominante o 5ª nota armónica 2 .

Parta recobrar una perspectiva psicológica, recordemos que el zodiaco representa la psique global del planeta, entendiendo como psique el campo en el que evoluciona la conciencia. Por lo tanto es una matriz de impulsos o fuerzas psíquicas (de magnitud variable como vemos), representaciones o contenidos primordiales o arquetípicos y perfiguraciones de actuaciones o roles. Sin embargo, ninguna cualidad, motivación o rol arquetípico se hacen objetivos como conducta observable hasta que el campo originado por traslación de la tierra intersecta el campo creado por su rotación, es decir, con el círculo de las casas. El círculo de las casas sirve de vehículo y campo de expresión en el ámbito físico para las motivaciones y cualidades de origen psíquico.

Cuando hablamos del zodiaco hablamos de una esfera de manifestación, que desde el punto de vista individual es puramente subjetivo; más allá del individuo, conforma la psique colectiva o inconsciente colectivo. A otro nivel, solo cuando los arquetipos zodiacales se relacionan con el ámbito de los planetas es cuando emerge una posibilidad de conciencia individual, pues es el arquetipo conjunto de los planetas el verdadero modelo de la totalidad psicológica funcional del ser humano, el prototipo u Hombre Celestial. Así que el ámbito psíquico del zodiaco sirve de vehículo o cuerpo para la posibilidad de individuación abstracta del modelo planetario.

A esto es a lo que nos referimos cuando decimos que los signos dan energía a los planetas. En realidad resuenan en la esfera psíquica en respuesta a la energía del planeta, y de hecho, un signo no resulta activado con posibilidad de conciencia individual a menos que se encuentre un planeta en su dominio.

Ahora bien, hemos de diferenciar entre arquetipos y contenidos del inconsciente colectivo; estos últimos se configuran en torno a las “líneas de fuerza sin forma” de los primeros ­ si se concede un oscuro y aún mínimo significado a esta expresión. Los contenidos del inconsciente colectivo devienen manifiestos sobre la base de una matriz prototípica amorfa resultante de la diferenciación de la energía solar rítmica, ondulando armónicamente con módulo doce, con picos y valles sucesivos de amplitud.

Las variaciones de amplitud, responsables de incrementos y decrementos de fuerza psicológica expresiva, tienen una lectura adicional enriquecedora deudora del los modelos cosmofísicos del universo. Los mínimos de amplitud, que hemos asociado con máximos de energía potencial, se refieren también a los estados de la materia estelar con densidad infinita, potencial sin límites y máxima indiferenciación o estado de fusión informe. A mayor amplitud, emergen formas estables diferenciadas y manifiestas.

(2) Una lectura esotérica hablaría de la nota fundamental de la tríada espiritual y la nota dominante del alma, más la tercera mayor de la personalidad.

La conciencia y el inconsciente colectivo

Recordemos aquí algunas de las ideas sobre la forma, que desde Jung, sabemos sobre las operaciones y finalidades de la psique en general. La psique (colectiva) es la suma de los procesos psicológicos, que se manifiestan como contenidos ­ representaciones: imágenes e ideas sobre la realidad, la naturaleza de las cosas y de su desenvolvimiento progresivo mediante fases de actividad, especializaciones o roles — , los cuales vienen dados de forma arquetípica por la Mente superior.

La psique resulta animada dinámicamente por un propósito volitivo (gravitación o atracción); la respuesta de la substancia psíquica es configurarse, adoptar formas, vibrar y propagarse hasta el mundo de las formas físicas, trasmitiendo cualidad y finalidad. A este resonancia de la voluntad de manifestarse se la denomina deseo o sed de experiencia en las tradiciones espirituales, o libido, energía psicológica, o intensidad de los procesos psíquicos en términos psicológicos.

El resultado del proceso evolutivo es la emergencia de formas conscientes individualizadas mediante diferenciación y separación. La conciencia individual surge como posibilidad de lo colectivo. La conciencia individual aísla contenidos y representaciones con su carga o impulso mediante la atracción gravitatoria que ejerce la aparición de un centro. La energía de este centro debe contrarrestar la tendencia de los contenidos psíquicos a operar según las propias leyes gravitatorias del inconsciente colectivo, y seguir sus propios impulsos a la indiferenciación y a estados de mayor equilibrio. Al margen de la dirección del centro de la conciencia individual o yo, los impulsos psíquicos siguen la línea de menor resistencia, que es la de transformar su energía potencial en energía cinética, y descargarse, transfiriendo su energía a otro punto del espacio, obedeciendo las leyes ondulatorias.

Así pues, la conciencia individual ejerce un influjo gravitatorio o tensión sobre los contenidos; a esta influencia la llamamos capacidad de dirección o voluntad individual. Esta influencia es causa de diferenciación creciente, y en cierto modo de exclusión. Esto necesariamente crea polaridad sujeto-objeto, yo y no-yo, y de hecho esta dualidad es la que posibilita la conciencia.

La conciencia elige y atrae a determinados contenidos con exclusión de otros; esto no ocurre en el inconsciente, que manifiesta la ambivalencia y la ambitendencia propias de los estados indiferenciados: todo es posible o potencial en una crisálida o en el núcleo de una estrella. La dualidad conciencia e inconsciente se transfiere al medio u objeto como única posibilidad para mantener un equilibrio antagónico.

La curva de intensidad de los signos

Los límites de signo poseen una cualidad indiferenciada; esto es así porque un arquetipo cede paso a otro. Es un lugar de transformación, de abandono de forma, de disolución y de amalgama. Y esto supone cierta medida de regresión al inconsciente, lo que quiere decir que se anulan la diferencias, y con ellos las polaridades. La actividad del inconsciente es capaz aquí de generar contenidos suprapolares o símbolos sintéticos. Cualquier órgano de función en esta zona carecerá de la fuerza suficiente para anular la gravedad del inconsciente y mantener una opción individual diferenciada. Esto puede experimentarse como succión o pérdida de control y dirección. En consecuencia, la frontera frente al medio queda en igual medida neutralizada, y esta indiferenciación con respecto al medio hace que este se prolongue hacia dentro, impresionando y modelando la conciencia como resultado de un vacío expresivo, o impersonalidad (esto es, carencia de sujeto o origen).

En el punto máximo, por el contrario, el contraste sujeto medio es acusado; el sujeto se prolonga hacia el medio impresionándolo (expresándose), con lo que el medio se ve obligado a responder de forma polar con respecto al sujeto. La diferenciación con respecto al inconsciente es máxima, así que los contenidos están dotados de una intensidad capaz de captar la atención del centro de la conciencia; por lo que están en cierta medida bajo el control volitivo del yo, que encuentra aquí un impulso hacia la manifestación que hace bascular a su favor frente al medio. Dada la naturaleza de los impulsos psíquicos, los deseos y necesidades de expresión y manifestación son mayores. Con ello aumentan las posibilidades de informar el medio, crear un impacto y reproducir o propagar las condiciones o experiencias que permitan el ejercicio de determinados roles, o materialicen imágenes, ideas o cualidades.

Si analizamos a continuación la secuencia de cinco fases de Rudhyar, observaremos cierta analogía inicial que justifica el interés de extrapolar toda la secuencia a fin de lograr un mayor significado de la curva de intensidad de los signos.

Las etapas pentámeras en Rudhyar

Explicaremos ahora las cinco fases de un proceso de transformación de energía lumínica y su inversión en la producción de órganos de conciencia individual, siguiendo el pensamiento de Rudhyar.

La primera fase se caracteriza por la emergencia impulsiva de corrientes inconscientes, señalando el propósito evolutivo de una nueva fase de actividad, de una manera aún introspectiva. La conciencia se orienta hacia el interior tratando de captar con claridad nuevos contenidos o formas arquetípicas.

La segunda fase representa la conciencia individualizada o separada de forma capaz de representar con éxito un papel social con amplia repercusión sobre la conciencia de los demás; fase caracterizada por la irrupción de la energía egoica hacia el exterior.

La tercera fase destaca la independencia del medio basada en el desarrollo de autoconfianza y autosuficiencia, resistencia adquirida a menudo bajo condiciones adversas, y también por la percepción de la necesidad que el todo tiene del nuevo desarrollo, que lo convierte en sostenible y garantiza el apoyo.

La cuarta fase implica una mayor objetividad y por tanto separación con respecto a los impulsos inconscientes y deseos instintivos que han propulsado hasta ahora el desarrollo, confrontando y asimilando los contenidos del inconscientes desde una perspectiva con significado individual; implica así mismo técnicas o métodos para hacer efectivas la autoexpresión y la integración.

La quinta fase supone la consumación del desarrollo de la percepción mental del individuo llevándola un campo de servicio más amplio y roles sociales más impersonales; implica la transformación o transmutación de la experiencia y el preludio de un nuevo nivel de conciencia o de actividad.

Aplicación a la curva de intensidad

Es posible yuxtaponer esta secuencia de cinco fases a la curva de intensidad del zodiaco de la siguiente forma: La quinta fase, fase de transformación o de transición correspondería a los sectores entre los 27° de un signo y los 2° del siguiente, abarcando por tanto el límite entre dos signos.

La primera fase iría desde el 2° hasta el 7° grados; la segunda desde el 7° hasta el 12°, terminando pues en el grado más fuerte. Estas dos fases abarcan la parte netamente ascendente de la curva.

La tercera fase, desde el 12° hasta el 18°, y la cuarta fase, desde el grado 18° hasta el 27°. Esta es la parte descendente de la curva.

Es obvia la relación de la 5ª fase o fase de transición con la zona del límite de signos, y también se advierten la relación de la 2ª y 3ª fase con la experiencia del punto álgido de la curva. Llegados a este punto, sería posible simplemente establecer la analogía de la triple motivación a la curva, sin mayores contradicciones: zona cardinal en torno al punto álgido, zona mutable en torno al límite de signos, y zona fija en la parte descendente de la curva.

Sin embargo, al contemplar la curva de intensidad de los signos como describiendo fases y condiciones en el proceso de individuación de la conciencia veladas y reveladas en el historial genético del individuo, las fases de Rudhyar parecen arrojar alguna luz sobre este proceso.

Lo fundamental es subrayar el dominio psíquico y subjetivo de este desenvolvimiento; si hemos obviado hasta ahora el determinante factor del círculo de casas a la hora conformar los impulsos psíquicos en conducta se debe a la complejidad para dilucidar el sentido latente.

En lo que sigue, meditaremos sobre este posible sentido, teniendo en cuenta que el círculo de casas, en especial la curva de intensidad de las casas es, por así decirlo, el “árbitro final” con respecto a la interacción de la individualidad creciente con el medio.

Para Rudhyar, el proceso tiene que ver con la asimilación por parte de la mente de la energía lumínica y la ulterior elaboración de productos (contenidos o representaciones susceptibles de dirección) que sustentan la individuación ­ que es lo que afirmamos.

La misma forma de la curva subraya el carácter de flujo y reflujo, y sugiere la metáfora de una ola sobre el mar, metáfora usada con frecuencia para aludir a la emergencia de la conciencia individual del mar del inconsciente colectivo 3 .

Quizás la primera fase sea la más difícil de interpretar; se sugiere un carácter introspectivo de reconocimiento. El impulso emergente propicia la conformación de órganos receptivos y funcionalmente aptos para transmitir ese impulso de forma polarizada, es decir estable. El órgano aprende, por así decirlo, a recibir ciertos contenidos, aislarlos y preservarlos de su fusión con los contenidos de sentido opuesto que los neutralizarían. Esto le da a la fase cierto carácter fijo y femenino. Un planeta aquí podría sentirse inseguro y a la defensiva: su fuerza es normal, de modo que la prevalencia de sus impulso con respecto al medio no está garantizada, sino que prevalece un equilibrio de fuerzas. En la medida en que su capacidad para impresionar el medio es igualada por este, es aún difícil reconocer efectos y poner en marcha mecanismos de retroalimentación eficientes. El impulso, el deseo o la necesidad permanecen hasta cierto punto insatisfechos, las consecuencias de estos no se perciben aún, y la disposición es anhelante.

La segunda fase no requiere demasiados comentarios, puesto que coincide con el sentido adscrito al proceso en si. La capacidad de representar un rol con repercusión en el medio indica diferenciación y voluntad. Dada la fuerte capacidad de afectar al medio, la actitud es netamente ofensiva; de la fase siguiente se deduce que aquí aún se depende del medio. Aunque se perciben con facilidad resultados, estos permanecen aún ligados a un sentido personal creciente, y quizás se experimente cierta indiferencia hacia las consecuencias de los papeles interpretados, puesto que el sujeto aún no confía demasiado en si mismo.

La tercera fase es más relajada, pues aquí una función ha madurado al punto de la consistencia interior. Se adquiere una mayor objetividad con respecto a la función, lo que implica el comienzo de una curva de desapego. La respuesta del medio influye menos dada la destreza adquirida para desarrollar las imágenes y los motivos interiores, pero la polarización aún aguda suscita las correspondientes reacciones desde el inconsciente y del medio. Este refleja en cierta medida los efectos de los impulsos individuales, puesto que la curva descendente indica cierta transferencia de energía a situaciones externas.

En estas dos fases reside el peligro de que la conciencia se vea inundada del estímulo y la fuerza que la curva aquí despliega, en el sentido de que se dispone de fuerza al mismo tiempo que la fuerza dispone de la conciencia o le impone sus fines. Aunque puede existir un alto sentido de individualidad y se sientan con intensidad rasgos y cualidades distintivas, la identificación del yo con tales características con exclusión de las opuestas somete a la conciencia a lo que esta experimenta como la raíz de su vitalidad.

Por eso en la siguiente fase se favorecen una mayor objetividad y desapego con respecto a los impulsos psíquicos, en parte porque estos ya no son tan fuertes, y en parte porque el vigor psíquico del inconsciente ha igualado a las disposición consciente. Es inevitable en esta etapa confrontar los rendimientos y resultados de la actividad consciente, junto con sus residuos. El deseo de separación con respecto al medio cede frente al deseo creciente de totalidad psíquica y de integración de opuestos. Importa más la eficacia de esta integración, y la recuperación para la conciencia de los contenidos hasta ahora excluidos, que la expresión individual a costa de los mismos. La conciencia se percibe reflejada cada vez más en el medio, y más unida a lo que no puede ser sino el resultado objetivo de sus deseos.

En la fase final, el inconsciente termina absorbiendo la energía psíquica disponible y el desarrollo del individuo se disuelve en las necesidades colectivas de modo impersonal, lo que puede experimentase como una catástrofe o colapso. Los deseos e impulsos personales parecen insignificantes frente al medio; la ambivalencia del inconsciente prevalece, por la que ninguna inclinación consciente termina imponiéndose, y existen menos impulsos a los que dar dirección. El sacrificio del individuo a las fuerza impersonales puede tener un sentido tanto simbólico como kármico. Simbólico en tanto que del inconsciente se evocan nuevos contenidos que representan una nueva síntesis de opuestos con carácter de imagen guía o cualidades transpersonales puras que encuentran ahora poca o ninguna resistencia. Kármico en tanto que disolución última de residuos de reacciones de fuerzas, materializados en circunstancias ambientales o en la irrupción de fuerzas primitivas del inconsciente.

(3) No queremos por otra parte obviar la confusión que puede suscitar referirse al inconsciente colectivo sin diferenciar, como modernamente hacemos, entre supraconsciente e inconsciente. Decimos que el inconsciente colectivo es el substrato impersonal e indiferenciado sobre la que se erige la conciencia individual, para terminar abrirse a los mismos contenidos del inconsciente con una conciencia colectiva expandida, y que el origen de los arquetipos es transpersonal, y por lo tanto, alfa y omega.

Conclusiones

La distribución de los planetas en la curva de intensidad de los signos del zodiaco parece guardar una relación el mayor o menor grado de aportación diferenciada de las funciones psicológicas al desarrollo global de la conciencia individual. Del aspecto variable y cíclico de estas diferencias de grado surge la nociones de proceso, de fase, y al mismo tiempo en relación al zodiaco, de memoria intemporal (herencia). La curva de intensidad nos cuenta la historia de una trama de flujos y reflujos en la captación de luz solar para crear formas de conciencia individual — formas aptas para asimilar y generar luz.

Emplear el proceso en cinco fases de Rudhyar nos permite imaginarnos esta historia y hacerlo con un sentido de finalidad, y por tanto con sentido. La producción de imágenes dinámicas es la actividad psíquica básica del zodiaco, y solo una imaginación de este tipo tiene la capacidad de representar nuevas formas de entender la conciencia — fotosíntesis.

Para que este modelo pudiera ser contrastado con la realidad es preciso ante nada enriquecerlo con una descripción, igualmente significativa en términos de finalidad, de la interacción de la curva de intensidad de las casas con la de los signos; y una comprensión mayor del efecto de filtrado de las casas en la determinación de lo posible y de la realización o no de la “sed de experiencia”. Y hacerlo arrojando más luz sobre los sutiles mecanismos mediante los que el ámbito psíquico toma cuerpo: ¿Cómo se realiza la fotosíntesis en el reino que contempla el mundo desde el centro?

 

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