Selección
de ARTÍCULOS de la Escuela Huber de Astrologia. Num
17.
SINERGIAS,
TELEOGRAMAS Y ESPINAS DE PESCADO
Autor:
José Antonio Rodríguez (jar@astro-nex.com). Fecha:
marzo 2000.
José Antonio Rodríguez está y siempre ha estado sujeto a pasiones cíclicas de las más variada naturaleza, pero siempre girando en torno a códigos, fórmulas y lenguajes, desde la sintaxis de la composición musical hasta el lenguaje visual del diseño gráfico y los lenguages de programación, pasando por el lenguaje simbólico de la Psicología Esotérica y la Astrología. Es diplomado por el Instituto de Psicología Astrológica de Suiza (dip. API) y profesor de los cursos B presenciales; ha ejercido como Asesor mientras ha podido. Actualmente le domina la pasión informática y el espíritu que animó a los hackers a contruir una comunidad de conocimiento libre mediante la búsqueda de la excelencia, la aportación creativa y la disciplina en el aprendizaje de códigos comunes de comunicación.
El problema de los aspectos en astrología
El establecimiento y la diferenciación de niveles entre los principios astrológicos ha sido una de los procedimientos que mayor claridad ha aportado a su conocimiento. En la cúspide de esta jerarquía de niveles, los aspectos desafían nuestra comprensión, al igual que el alma en lo alto de la conciencia desafía nuestra visión desconectada de las cosas y nuestra ignorancia. El misterio de los aspectos es el misterio del alma, velado tras las apariencias.
Aspectos y percepción
Tal y como se comenzó a emplear el término en astrología, aplicado a las relaciones angulares entre planetas, el término aspecto se empleó en el sentido original de contemplar u observar, siendo specere la raíz latina. Contemplar o considerar significa mirar con atención, al igual que observar implica prestar atención (siendo lo que llama la atención un “espectáculo”). Por lo tanto, en el origen de los aspectos tenemos una referencia directa al fenómeno de la percepción sensible, y al de la atención como función reguladora, discriminatoria y selectiva de la misma. La cuestión atencional es central en el estudio de la conciencia, en tanto muestra en la misma elementos direccionales y volitivos.
Entre otras derivaciones significativas encontramos auspicio, a vista de ave, curiosa por su connotación prognóstica que encontramos también en el origen del hecho astrológico. Más relevantes son el verbo especular (specula = puesto de observación), y la palabra espejo, superficie de reflexión; tanto especulación como reflexión aluden a la actividad mental dirigida (por la voluntad) y la contemplación selectiva de ideas. Redundando en este sentido, la expectación es la atención puesta en el devenir de la percepción, y las expectativas, inferencias acerca de la experiencia o esperanzas de suceso.
Podemos confirmar por tanto, que al menos desde este punto de vista, los aspectos tienen que ver con un modo de la actividad de la mente, que surge a partir de la percepción, y que a su vez da lugar a una configuración preliminar del campo de la experiencia perceptiva en un sentido, que según esperamos aclarar, resulta teleológico, es decir, dotado de finalidad.
Aspecto y apariencia
Por lo general, usamos el término aspecto cuando queremos referirnos a la apariencia que presentan las cosas, apariencia que cambia cuando también lo hace el punto de vista y la perspectiva. Lo que requiere mirar las cosas desde otro ángulo. En la observación astrológica, el punto de vista permanece constante, pero no así los fenómenos que observamos. Cuando nos movemos en el espacio, abordamos las cosas desde distintos ángulos, lo que nos lleva a su comprensión total circular. Al girar en torno a algo de esta manera completa, se producen cambios en nuestra manera de ver las cosas, y por ende en nuestra subjetividad. Pero cuando son las cosas las que cambian, las que al girar alrededor nuestro nos presentan sus diferentes aspectos o ángulos, experimentamos la permanencia del observador esta diferencia es la que introduce la ley de la relatividad. Y lo que se nos aparece en tanto que observadores son las distintas fases en las que se nos manifiesta o revela el mundo objetivo.
Lo que los aspectos revelan del mundo de las apariencias es que este no es continuo, sino discreto (con rigor, nos revelan su faz “cuántica”). A pesar de que la observación del ciclo solilunar, modelo original de los ciclos de relación, nos muestra un proceso gradual de revelación y de ocultamiento, la experiencia privilegia a determinados momentos del ciclo. El carácter de la relación misma, en el caso de la lunación, permanece oculto o subjetivo más del 80% (5/6) del tiempo que dura el ciclo, y solo se manifiesta o emerge con claridad en determinados intervalos en función de los orbes de sensibilización y en el resto de los ciclos planetarios, el periodo de latencia es aún mayor. 
Fase (phainos) quiere decir precisamente aparición, manifestación. Las fases de la luna y de los planetas nos presentan los diferentes aspectos de un ciclo de iluminación y reflexión gradual de la luz del sol. En el plano, un ángulo se forma mediante la intersección de dos líneas en un punto, pero también los planos pueden intersectarse, dando lugar a aristas. De modo curioso, la palabra arista aludía originalmente al perfil de una espiga o de una espina de pescado, la manifestación de un esquema discontinuo o discreto de energía. Esto no es meramente fortuito: podríamos superponer una raspa de pescado a un esquema del sistema solar, y veríamos coincidir la espina central con el vector de expansión desde el sol hasta la periferia, apareciendo “espinas” allí donde las órbitas concéntricas cortan al vector.
Del mismo modo que en un mundo de energía, los números nos remiten a los principios arquetípicos que establecen diferentes ratios de vibración, originando por ende diferencias en la manifestación, el concepto de ángulo es igualmente arquetípico. Diferentes proposiciones esotéricas afirman que el espacio es una entidad, que los números son entidades, que las ideas son entidades. Los ángulos deben ser también entidades arquetípicas , expresando como lo hacen ratios numéricos que generan planos, delimitan espacios, — en algún lugar llega a establecerse la identidad entre la raíz latina angulus, ángulo, rincón, con la griega angelus, mensajero; aunque dudosa, no deja de ser sugestiva — y crean ciclos, como cualquier observación astronómica demuestra (el ciclo precesional mismo como sabemos se debe a una inclinación de 23º). Los ángulos, poseen una cualidad constructora de conciencia y también de forma: los elementos mínimos que permiten establecer una medida angular son dos rectas, dos direcciones en el espacio, que se cruzan en un punto. Es solo desde este punto, un verdadero punto de vista y un centro de percepción, desde el que es posible hacer una medición y encontrar un número que defina la relación entre dos direcciones en el espacio, dos caminos de la energía, y su repercusión en un plano de la existencia.
El carácter cíclico de los aspectos
Prestaremos ahora atención a este carácter polifásico de la relación entre los planetas. La actividad de nuestro sistema solar, no demasiado relevante pero sin duda un fenómeno bastante singular en el cosmos conocido, se inicia a partir del movimiento de rotación del sol sobre si mismo y de la irradiación de su energía al espacio del que su masa le permite apropiarse. La irradiación de energía va acompañada de la emisión o proyección de materia solar al espacio. Como consecuencia del movimiento solar, la materia del sistema se va arrastrada en este movimiento circular mientras al mismo tiempo se estratifica y condensa en las masas planetarias, las cuales se distribuyen en el espacio de forma puntual por lo que no puede sino ser el efecto de un campo magnético gravitatorio. Aunque estamos acostumbrados a pensar que el movimiento de los planetas describe órbitas en torno al sol, lo cierto es que el sol se mueve a su vez en dirección perpendicular a su ecuador, en apariencia hacia la estrella Vega y girando alrededor de otro centro de gravedad, con probabilidad Sirio. Extrapolando el momento de percepción del ser humano a la magnitud del sistema, el presente del mismo abarcaría unos ochenta años terrestres, tiempo en el que el plano invariante del sistema adquiriría una proyección tridimensional, y una forma ovoide en la que las órbitas de los planetas pasarían a ser espirales. Obtendríamos un cuerpo semejante a un caso especial de lo que en magnetismo conocemos como solenoide, un núcleo rodeado de espiras, formando verdaderas fundas o capas electromagnéticas en torno al sol, y muy semejante a lo que pensamos que podría ser la distribución concéntrica de los campos físico, emocional, mental, etc., en un ser humano.
Es evidente que cada órbita o espiral de un planeta posee una frecuencia, y que las relaciones entre las distintas frecuencias siguen las leyes de los números sencillos que podemos encontrar en progresiones propias del mundo orgánico, en particular las que se relacionan con la proporción áurea. Aunque no mediante una correspondencia perfecta, las medidas de las diferentes distancias, velocidades y periodos pueden ordenarse de forma que evidencien las mismas proporciones que encontramos en la escala diatónica sobre la que se basa la música occidental. Las órbitas planetarias, representando líneas equipotenciales en el campo gravitatorio del sistema solar, están por así decirlo, afinadas. La música tonal occidental se basa en la influencia gravitatoria que ejerce la nota fundamental de la escala sobre el discurso sonoro, y sin esta influencia, el devenir musical carecería de la finalidad y sentido del propósito que el ser humano necesita proyectar en todo fenómeno lineal, en especial el temporal; y con ello la música carecería de un sentido que pudiera intuirse. Para poder descubrir en el orden sonoro tal sentido, la relación entre los tonos de les escala debe poder representarse como relaciones entre números enteros, y este orden es discreto, no continuo caso este de los números racionales.
De igual manera, la relaciones entre las órbitas expresan una distribución discreta de la energía en el espacio. De la imagen de espirales en torno a un núcleo se deduce con facilidad la imagen analógica de un transformador de corriente alterna. La irradiación solar que vitaliza el sistema, se transmite de una órbita a otra mediante transformaciones de frecuencia. Toda irradiación electromagnética propaga o transporta energía de un punto a otro del espacio, mientras que sus sucesivas modulaciones producen una diferenciación o descomposición del tono básico de este energía en frecuencias armónicas. Ahora bien, las diferencias perceptibles de tasas de vibración (o frecuencias), en tanto que discretas, dan a lugar a diferencias de cualidad al ser percibidas y toda percepción implica resonancia o vibración simpática con la energía que impacta (a la que se es sensible en virtud de cierto afinamiento o alineamiento).
Así que cada órbita planetaria representa una cualidad diferenciada de la energía solar, un tono preciso de la escala de frecuencias del sistema. Ahora bien, al traducir diferencias de vibración al movimiento en el espacio, resultando en velocidades distintas, nos encontramos con que las posiciones planetarias rítmicamente se alinean y se desalinean. En todo movimiento periódico o cíclico, llamamos a esto diferencias de fase. La analogía con la corriente alterna es de lo más pertinente debido a que ésta es cíclica, tiene una frecuencia y presenta fases en el seno de una polaridad fundamental que cambia de modo constante. Las diferentes fases de la corriente alterna transportan la energía eléctrica mediante modulaciones de su frecuencia e induciendo corrientes derivadas por resonancia.
Nos encontramos con que la interacción entre dos órbitas cualesquiera, cada una con su frecuencia identificativa, genera otro ciclo con una frecuencia distinta, que en cierto modo no estaba antes presente. Por ejemplo, el periodo de Júpiter es de 12 años, el de Saturno de aproximadamente 30, y el periodo del ciclo Júpiter-Saturno es de 20 años. Una frecuencia distinta, y por tanto, una nueva cualidad.
Procediendo de modo analógico, la generación de cualidades compuestas a partir de principios simples nos remite al proceso de diferenciación creciente que preside al menos una vertiente de la manifestación, con la proliferación de formas diferenciadas y el despliegue del potencial de la creación siendo quizás el modelo más obvio la tabla periódica de los elementos químicos que sustentan todas las formas físicas.
Aspectos y planetas
Esta reflexión debería servir para resaltar la afinidad de los aspectos con los planetas, y no solo porque sean los planetas los que los formen. Dada la naturaleza por igual cíclica de las revoluciones planetarias en torno al sol, que da lugar a zodiacos o campos zodiacales, los cuales son continuos aunque variables, es frecuente establecer analogías entre los aspectos y los signos, considerando estos últimos en tanto que fases de un proceso, lo que en verdad es cierto. Aunque debe existir una relación substancial entre los ciclos de traslación y los de aspecto, ya Rudhyar diferenció entre ciclos de posición y ciclos de relación en “Los ciclos de lunación” aunque luego, y no sin lógica, desde esta visión se adscribió la conjunción, el inicio del ciclo de relación, a Aries, el comienzo del ciclo de posición. Sin embargo, aunque la energía de los signos crece y decrece, lo hace sin solución de continuidad, lo que no puede decirse de los aspectos, que emergen o se manifiestan dentro de los estrechos límites de los orbes.
Han de ser los planetas, como de hecho se comprueba, los principales referentes para determinar la cualidad de los aspectos, porque las órbitas de los mismos, que son los espacios de probabilidad en los que el planeta se manifiesta, y a semejanza de las órbitas de los electrones, tienen un carácter discreto, y representan un nivel de energía bien delimitado. Y una asignación coherente debe reflejar el orden en el que la energía solar se diferencia y distribuye en el espacio, es decir según la secuencia planetaria a partir del sol. Es obvio que existe algún tipo de relación entre los niveles discretos (aspectos y planetas) y los niveles continuos (signos y casas) de la carta, puesto que de no ser así dejaría de tener sentido el orden clásico de las regencias planetarias en el zodiaco.
Aspectos y motivación
La estructura de aspectos se relaciona en psicología astrológica con el ámbito de la motivación, y la motivación es la raíz de todo movimiento, el sentido, la causa y la finalidad de toda experiencia. La energía es ser en movimiento y potencialidad. Existe una constante transformación entre el estado potencial y cinético de la energía, debido a la dualidad esencial espíritu-materia en el escenario del espacio. En el átomo humano que la carta representa vemos esta dualidad aparecer por primera vez como la tensión polar entre el centro y la periferia — las casas —, entre el punto irradiante del Padre y la Matriz receptiva del espacio. Esta diferencia de potencial entre los polos hace irradiar la energía latente hacia el mundo objetivo de las formas, salvando la distancia con el movimiento.
Podemos entender por tanto la motivación como la manifestación de impulsos dirigidos hacia una meta u objetivo. Pero el objetivo es tanto el fin de algo como su manifestación formal que “yace” ( ob jectum, jacere ) ante nuestros sentidos y susceptible de ser conocida. El objetivo de la manifestación es el mundo objetivo. Y la motivación es el impulso hacia la manifestación objetiva de una finalidad.
Existe una finalidad a priori, meta (mas allá) o teleos , que tiende a plasmarse en lo objetivo, siendo a partir de ahí posible su inteligencia por el ser humano, cuya conciencia se proyecta sobre el mundo de la formas de la misma forma que la cabeza de nuestro pez da la espalda a su motor caudal, al origen del movimiento. Esta separación del origen hace caer en el olvido o la inconsciencia la motivación causal, y hace que sea preciso observar el efecto creado para deducir su fuente y su finalidad. La finalidad configura la experiencia; siendo inconsciente, esta configuración se alcanza por medios también inconscientes, y lo que podemos observar son sus efectos. La finalidad solo puede ser identificada atendiendo a la forma de la experiencia, abstrayéndose de ella y remontándose hasta la fuente. Por lo tanto, el conocimiento objetivo por medio de la experiencia es tanto la finalidad de la manifestación como el medio de reconocería. 
Lo que quiera que emane del centro de la carta solo podemos entenderlo en términos de vida, voluntad, propósito y finalidad. Propósito, proposición o propuesta es tanto como representación de una idea en tanto que móvil o proyecto; el enunciado “proponer un problema” es tautológico: ( proballo = proponere ). El propósito central de la carta plantea un problema cuya solución se encuentra en la estructura de aspectos, de igual modo que el Plan divino es la respuesta de la materia inteligente al Propósito Divino, la articulación de un orden en el tiempo y el espacio, una estrategia de realización. La energía emanada radialmente desde el centro es una tanto misión como e-misión, más bien una pro-misión o pre-misa: en lógica de enunciados, una premisa bien fundada contiene el germen o per-mite el paso a una conclusión que represente una verdadera progresión en el pensamiento. Y en esta progresión del pensamiento, en esta extracción de significado del conocimiento, parece residir la finalidad de la evolución humana.
Los aspectos como relaciones
Uno de los problemas más difíciles de resolver con respecto a los aspectos es el de reconciliar el hecho de que son relaciones entre planetas, con sus connotaciones psicológicas de contacto, percepción y toma de conciencia, con su carácter motivacional, causal y dinámico. Ya al comienzo de este artículo indicábamos un posible nexo mediante los elementos directivos de la atención.
Existe relación allí donde la unidad se ha desdoblado. Reconociendo, como hacemos, la necesidad de una causa única para el mundo de los fenómenos, y que debe existir continuidad entre la causa y el efecto, percibimos nexos entre las cosas como percibimos la continuidad psicológica de un actor tras sus máscaras. En la medida en que la unidad subyace al mundo de las formas, percibimos distintos grados de unión entre cosas en apariencia separadas. Emanando cada cosa de la unidad, porta una propiedad, que emana de la unidad, y que podemos ver por igual allí donde aparece, estableciendo por tanto relaciones de semejanza entre objetos que manifiestan la misma cualidad. Así, el pensamiento filosófico reconoció desde el principio relaciones de semejanza entre sustancias, y relaciones de causa efecto entre fenómenos, del mismo modo que el pensamiento matemático distingue a grandes rasgos entre relaciones de equivalencia y relaciones de orden.
Así pues, lo esencial de una relación es el nexo que se establece entre dos cosas en virtud de una al menos parcial identidad entre ambas. Puesto que las cosas son energía, y la energía se diferencia mediante tasas de vibración o frecuencias, las cuales se perciben como cualidades cuya suma se manifiesta en la forma como identidad, la relación entre las cosas se establece por la existencia común en ambas de una vibración de igual módulo numérico, en el caso de una relación de equivalencia; o bien, en el caso de una relación de orden, porque entre las frecuencias respectivas existe una determinada proporción, de forma que podemos pasar o progresar de una a otra al aplicar una operación una función, o clase especial de relación. Las funciones matemáticas indican las transformaciones que la energía experimenta a medida que se transmite desde los planos causales a los materiales, y a la inversa (funciones inversas). Por lo tanto, una relación cualesquiera define una comunión, una continuidad energética entre dos entidades en virtud de su semejanza o proporcionalidad vibratoria, enlace que no es virtual, sino que es de hecho una línea a lo largo de la cual circula o se transporta la energía. Baste con mencionar el fenómeno de la resonancia física, mediante el cual la energía, sea mecánica o electromagnética, de un sistema puede transferirse a otro, en virtud de llámese afinidad vibratoria, llámese alineamiento, llámese armonización.
Toda relación entre dos cosas implica transmisión y transferencia de energía, y al mismo tiempo, contacto o unión entre ambas, lo que implica, sea cual sea el grado y el modo, apercepción mutua. Dicho de otro modo, en la percepción existe finalidad.
Podemos abordar ahora la definición astrológica de los aspectos, funciones de relación entre planetas, y compararla con el hecho de que también son las fases de la relación. Tenemos en principio una contradicción aparente, puesto que de esta segunda afirmación se desprende que la relación existe a priori del aspecto, siendo estos un mero desglose de la misma. La relación entre dos planetas es en si misma una posibilidad. Tenemos 45 posibilidades de relación entre los cuerpos representados en la carta. Pero que sean posible no quiere decir que existan. Volviendo a usar nuestra espina de pescado como metro, la relación emerge de la oscuración o del sueño cada cierto tiempo, mostrándonos una cara distinta; es discontinua, discreta. Como veíamos, la relación entre planetas daba lugar a una vibración compuesta, a una nueva frecuencia, una nueva cualidad, una energía distinta. ¿Qué ocurre con esta energía cuando un aspecto no la hace aparente? Antes hemos dicho que una relación se hacía posible en virtud de un factor vibratorio común; pero un aspecto no pone de relieve la mayor o menor semejanza o proporcionalidad entre los planetas, a despecho de que esta pueda o no existir — porque a pesar del alto grado de diferenciación funcional o especialización de los planetas existen también coincidencias. El aspecto fuerza la relación en función de la fase angular, y es el ángulo el que hace emerger un aspecto de la relación. Mientras, podríamos decir que la relación se encuentra en un estado potencial, lo que es lo mismo que decir que no sabemos que es lo pasa con la relación. Resulta desconcertante porque la energía de un planeta está siempre presente, mientras que la de su relación con otro planeta no lo está.
Esta incertidumbre nos lleva al principio del mismo nombre, el principio que redujo ante nuestros ojos el mundo real a una onda de probabilidad. A partir de aquí Schröedinger llegó a la paradoja de que un electrón pasaba de un estado potencial a uno real mediante una simple observación. Aspectar, mirar con atención, hace que una relación en estado de probabilidad potencial se manifieste. En el ángulo de visión que una fase proporciona reside pues una capacidad de excitación capaz de inducir una corriente de percepción mutua, una correspondencia, en suma una relación de orden, se entienda está como coordinación, subordinación o dependencia recíproca.
Ahora bien, dado que hemos llegado a una posición en la cual la relación es creada por el aspecto al margen de la comunidad entre los planetas, y dado que lo que entra en relación solo lo hace en virtud de un nexo vibratorio común, ha de ser el aspecto el que induzca este nexo. Esta capacidad de excitación que muestra el aspecto se manifiesta por igual en ambos extremos, de tal modo que crea una unión antes inexistente, un modo de comunicación o lenguaje común que hace posible el encuentro. En cada fase del ciclo de aspectos, cambian los códigos de transmisión de la energía entre dos puntos porque la modalidad sensible se transmite a través de otro medio. Si adoptáramos por un momento una mentalidad mágica, podríamos suponer que un aspecto es un tubo en unos casos llenos de agua, en otros de aire y en otros de fuego, a través de los cuales se propaga la luz que revela cada extremo al otro. En un aspecto, cada planeta percibe lo mismo cuando se miran: el hecho de formar parte de algo supraordinado a cuyo fin se ven comprometidos. Este compromiso o misión común no es otra cosa que síntesis.
Síntesis, sintropía, sinergia
Al igual que la naturaleza de la luz parece presentar una dualidad onda partícula, podríamos hacer extensiva esta dualidad a los aspectos en términos de energía y conciencia, motivación y percepción. Esto no es de extrañar puesto que asimilamos los aspectos a la esfera del alma, una entidad que la psicología esotérica nos describe en términos de voluntad y conciencia.
En cualquier caso, las uniones de la conciencia son enlaces ricos en energía, tal y como lo son las uniones en el interior del átomo, energía que se hace patente en la fisión o escisión del núcleo atómico. Por paradójico que parezca, la energía que acontece en la fusión o síntesis nuclear es aún mayor. Si examinamos el modelo de una supernova, veremos como el proceso de fusión nuclear llevado hasta el límite conduce a una tensión energética tal que la cohesión de la estrella colapsa, y ésta se desintegra para dar origen a un sistema solar enriquecido con un mayor grado de diferenciación química, y un potencial de síntesis a otro nivel. Este proceso recuerda en alto grado a la desintegración del cuerpo causal del alma, que según la psicología esotérica se produce cuando el grado de fusión en el átomo humano rebasa la tensión superficial de la autoconciencia la cual limita siempre el crecimiento: el tamaño de una ameba no puede ir nunca más allá del de una simple gota de citoplasma puesto que su membrana no resistiría la presión.
Las dos grandes pulsaciones del corazón de la creación, involución y evolución, son el modelo primordial de todo ciclo. La energía de cada fase tiene muestra distinta polaridad. Durante la involución, la energía potencial invertida en la máxima diferencia de potencial que da lugar a la dualidad espíritu materia, tiende a liberarse, o descargar su tensión mediante la desintegración, debido a la inercia del impulso involutivo; y a esta tendencia a la nivelación la llamamos entropía. Pero la nivelación entrópica en un estado de máximo equilibrio y anulación de las diferencias señala el decaimiento de la energía potencial y la aparición de la energía cinética como impulso evolutivo hacia la síntesis. Esto de hecho implica la contracción del universo, su simplificación, como si toda el agua vertida a través de millones de canales y afluentes de afluentes revirtiera su flujo, creando en cada nivel una corriente unificada cada vez más y más gruesa y más poderosa. Esta tendencia, patente en los seres vivos como un modelo de organización impuesto sobre la materia, y a la que llamamos sintropía, nos devuelve a la fuente sumando orgánicamente la dispersión de los puntos de vista en una conciencia unificada, y más allá, hacia el punto en el que la conciencia no es necesaria porque solo existe la unidad de la vida o la vivencia absoluta.
La presencia de esta tendencia sintrópica hacia la síntesis en la psique o el alma de todas las cosas es lo que la estructura de aspectos revela. Es vital, energética, coherente, y al mismo tiempo depende de un método de unificación de lo diferenciado. El Propósito necesita un Plan. La EA es este plan en el alma individual. Es un programa, es decir un enunciado por adelantado del orden que ha de presidir la experiencia. Y en tanto que orden en función de un fin, un teleograma, un símbolo de finalidad — es obvio que no necesitamos un nuevo término para designar la estructura de aspectos, pero si no existiese ninguno, éste describiría su naturaleza.
Con esto llegamos al concepto de sinergia (sincronización de operaciones reflejas), utilizado originalmente en psicología de la conducta para describir la necesaria existencia de programas o esquemas de activación neuronal en el cerebro a la hora de explicar conductas motoras complejas. De ahí pasó a usarse en contextos empresariales en los que la consecución de objetivos dependía de una acertada coordinación de rendimientos individuales y de la optimización conjunta de los mismos. De hecho es aplicable a todo contexto en que sea necesario aunar esfuerzos de cara a un fin común, y tal es el caso de la organización de la psique.
Como programa, la EA es una fórmula de integración — o formula el grado de integración posible en un individuo dado. Por un lado, la Ea formula los efectos como expectativas, es decir describe las relaciones que se habrán de establecer entre los contenidos de la experiencia para que estas relaciones puedan ser objeto de reflexión. Las expectativas, en tanto que predisposición liminar de la conciencia, favorecen y condicionan la intuición o comprensión súbita de relaciones, que la experiencia refleja de vuelta a la conciencia. Las investigaciones de la capacidad heurística del pensamiento para la resolución de problemas o tareas (aufgabe) ponen de relieve la existencia de tendencias determinantes pero inconscientes por lo pronto, capaces de seleccionar aquellos aspectos del problema que conducen a encontrar el algoritmo que lo resuelve. Podríamos decir que la EA diseña el tipo de problemas o tareas en la vida que su misma disposición permite resolver. El problema principal de la existencia es dotarla de sentido. Como la EA crea la experiencia, la única manera de resolver el problema es reflexionar sobre la misma, es decir, tratar de comprender las relaciones manifiestas desde el punto de vista del algoritmo inconsciente que tejió la trama.
Y un algoritmo no es más que un conjunto ordenado de operaciones. Por lo tanto los aspectos crean unidades de cooperación ordenada o coordinación (una sinergia), mientras que el carácter sintético de la estructura subordina a los aspectos que la componen. Dada la naturaleza selectiva de la atención es decir, la práctica imposibilidad de que dos funciones reciban simultáneamente el foco de la conciencia la estructura impone un ritmo secuencial a la misma, una estrategia para abordar la experiencia, no necesariamente un circuito cerrado, pero si probabilidades de circulación o canalización de la conciencia.
Esta canalización o circulación de la energía consciente se entiende también como direcciones en la conciencia. Un aspecto entre dos planetas hace posible que estos se orienten y determinen una dirección y podemos pensar en la importancia del hecho astrológico en la orientación de la conciencia, puesto que para orientarse hay que mirar el oriente, el lugar de la salida del sol. Cuando un planeta descubre a otro, de repente sabe de donde viene y a donde va, y si viene o si va, en función del tipo de mirada de la posición relativa del aspecto en el ciclo. Sin aspectos, un planeta no puede orientarse, ni tampoco sabe a donde ir, si viene o si va, y en suma, no sabe que hacer. Lo que no es poco, pues es libre. Con lo que alcanzamos un último punto al tratar de la sinergia: los enlaces de los aspectos crean compromisos ineludibles entre los planetas, y dependencias entre si en función de la estructura. El lazo de unión tiene carácter de ob-ligación. Los aspectos enuncian la voz del alma, ante la que no queda más remedio que prestar oído, obedecer (ob audire), y hacerla resonar en el mundo de las formas.
Epílogo
Apenas hemos rasgado el velo que custodia la fórmula mágica capaz de dar a la vida el toque dorado del alma: vivir con propósito. Numerosas cuestiones sin resolver jalonan el camino hacia su descubrimiento. Pero en la premisa está la solución: disolver los nudos de la experiencia para remontar el curso de la vida, como el salmón, esta vez río arriba.