|
BOLETÍN
TRIMESTRAL núm. 58 - Octubre-Diciiembre
2007 - 5,00€
|
|
Sumario
->
|
|
|
J. A. Rodriguez-> |
---> Reflexiones
|
|
José Antonio es dip API y profesor B de Las Palmas. Ha desarrollado el programa Astro-Nex (www.astro-nex.com) Los siguientes pensamientos son fruto de los exaltados momentos que se producen como resultado de la meditación y los comparto más para mostrar el interés y valor de este proceso como fuente de inspiración y de auto instrucción. Me he preocupado más de teclear deprisa que de presentar algo articulado, pero tienen a su favor la frescura de la ocurrencia. Todos tratamos de interpretar las corrientes del tiempo y de orientarnos al menos un poco con respecto a la globalidad. El futuro nos fascina, y el inmediato nos preocupa. Con respecto a la humanidad en su conjunto, quién domine las ideas decidirá, convirtiendo el plano de las ideas en un escenario de tensiones. Podemos hacernos una representación del estado actual de la crisis tomando nota de las ideas que están en liza. Los mass-media reproducen la voz de sus amos tratando de inclinar a la opinión pública en una u otra dirrección. El estado de ánimo que transmiten es deprimente y deprimentemente contagioso. Sin embargo el Logos Planetario se inicia, y para ello eleva su vibración, o lo intenta en base al número de células que consiga despertar o activar, de modo que sean receptivas al nuevo tono. Esas células somos nosotros, y es asistido y estimulado desde fuera. Cientos de miles de rayos de amor jerárquicos cruzan día y noche el planeta avivando los fuegos. Podemos esperar que un aspecto particular del Plan en la Tierra se está desarrollando. Evidentemente podríamos pensar que tenemos la opción de participar. No la tenemos. Somos la condición misma de la integración, pero un intenso patrón unificador se nos impone - no tenemos opción, porque después de la integración no quedará nada, sino Uno, repleto de nosotros. Pero si queremos ponernos de puntillas y estirarnos, encontraremos que tiran de nosotros. Cuando pensamos en el Alma, pensamos en una entidad espiritual con la que esperamos entrar en No solo el Alma es un misterio desde este punto de vista: las descripciones de 'como son las cosas ahí arriba' no se proyectan con claridad en nuestra mente bidimensional. Pero algo que podemos dar por cierto es que cualquier estado de conciencia superior al que disfrutamos mostrará un nivel de integración mayor, e incorporará la percepción espiritual (búdica) de participar y formar parte de algo mayor. La Fusión. Hablo de algo desconocido, pero podemos hacer un esfuerzo imaginativo para representar esa expansión. Podemos comprender el valor de ese esfuerzo si pensamos que el hecho de que alguien recuerde un par de veces al día que es una entidad espiritual, una llama del Fuego Eterno, no pasa inadvertido - pues como piensa el hombre, así es. Y toda expansión de conciencia va precedida por el esfuerzo de imaginársela. Si pesamos de forma analógica, nos integramos a algo parecido a nosotros, pero en otro nivel. Hay un Hombre Superior y formamos parte de alguno de sus centros de energía. Nuestro Logos medita y dirige la energía de modo constante, y no solo tiene el reto de responder a vibraciones que para Él son incosncientes, sino que tiene su propio subconsciente - zonas que ya no puede iluminar con su luz. El intento de la meditación para todo pensador es atraer y estimular la materia más sutil de cada plano para que pueda responder a vibraciones análogas en planos superiores. Esta sustancia aporta su propia capacidad de representación, así que lo sentidos amplían su alcance y su capacidad para diferenciar sensaciones. El plano etérico es especialmente importante, porque la mente puede modelar e imponer un patrón sobre los flujos etéricos, fijándolos y vitalizándolos. Quizás podamos empezar a tener percepciones etéricas si pensamos que la mayor parte de la energía que mueve al etérico es de origen emocional. Un cambio intenso en sentido positivo dejará un rastro muy cercano a la piel - los pelos son muy sensible a un cambio de intensidad o de calidad en los flujos, y en general las sensaciones se registran como hormigueos. Si uno se ve a si mismo formando parte de la Humanidad, con una voluntad amorosa y enfocada, no podrá dejar de invocar energía superiores, y estas encontrarán su camino, indefectiblemente hasta el etérico, en la medida que este pueda conducir ciertos tipos de electricidad. La vía más accesible es a través del plano emocional porque resuena numerológicamente con el búdico. Si nos emocionamos positivamente o aspiramos con entrega, el más denso de lo éteres, el 4º, vibrará. La emoción o el ardor lo impregnará todo, pero será posible detectar la activación etérica. Mediante la luz fría de la razón, la activación de la energía etérica se percibe más como un aumento de carga y una vibración que absorbe y radia esa carga.
De repente captamos un nuevo sentido para la responsabilidad espiritual. No respodemos meramente porqué podamos: transmitimos siempre, pero una conciencia más acentuada del plano de los efectos nos convierte en transmisores conscientes. El equilibrio físico, el control de los humores y de los pensamientos se vuelven más importantes, porque eso determina la posibilidad y la calidad de nuestra irradiación. Espontánemanete nos volvemos ecologistas y activistas imbuídos de lo sagrado. En cuanto a la percepción de los centros, el umbral se irá ampliando paulatinamente, e iremos recogiendo y compartiendo la fenomenología propia del plano, e interpretándola con la ayuda de textos iluminados. Es importante recordar que el intento de manipulación directa de los centros, con el propósito de acelerar su desarrollo es extremadamente peligroso - literalmente es jugar con fuego. Esto ya se ha dicho, pero conviene repetirlo: el desarrollo de los centros no es la causa de la expansión de la expansión de la conciencia sino a la inversa. La actitud adecuada es de observación y registro de sensaciones. Al mismo tiempo, la percepción etérica no es índice de desarrollo espiritual - al fin y al cabo es materia, aunque con una funcionalidad excepcional. Lo mismo puede decirse de la ausencia de percepciones: simplemente, somos más de lo que parecemos.
Quizás no se valore lo suficiente el principio de psicosíntesis que consiste en desarrollar de modo prioritario los puntos fuertes del carácter, aquellas facetas con las que la personalidad se siente bien. Un corolario de este principio es que las partes problemáticas se alinearán solas. Este último pensamiento implica cierta clase de magia, porque no alcanzamos a ver como podría ser eso. Y esto hace que la fe que ponemos en el principio no sea suficiente para adherirse al mismo con firmeza, lo que es una lástima. Un mejor entendimiento podría suscitarse reforzándolo con la cita bíblica: "Buscad el cielo y lo demás se os dará por añadidura". Entre antes entremos en contacto con los niveles causales, mejor. Si pensamos que esto es obvio, ¿por qué nos dedicamos a ello con tan poco fervor? En realidad prestamos más atención a lo que deploramos, y entramos con facilidad en juegos con el superego: ideales irreales, compensaciones espurias y derrotas frecuentes. Un aspecto ya maduro de nuestro equipo puede invocar al alma de una manera mucho más efectiva, y el alma a su vez no tiene ninguna preferencia, solo requiere un punto de anclaje y contacto para comenzar a ejercer su benévola dictadura. Los sentimientos de afecto que sentimos por nuestros hermanos purifican el espacio emocional, y necesarios como son, también son inestables. Si abstraemos la Unidad implícita en esos sentimientos, estamos tocando una fibra del plano búdico, un pensamiento armónico de gran poder cohesivo, una idea que de por sí une. Si logramos evocar una respuesta desde este plano, este idea empezará regir nuestra vida, y es solo cuestión de tiempo y perseverancia que comencemos a observar sus efectos. Simplemente, porque emite desde el nivel más sutil que podemos percibir la mayoría, y un nivel superior siempre es siempre más poderoso que los inferiores. La magia del cambio se produce simplemente porque el principio de unidad no solo rige nuestras relaciones interpersonales o con otros reinos de la naturaleza, sino también las intrapsíquicas. En general no disfrutamos de la armonía porque estamos constantemente divididos y enfrentados con nosotros mismos - es el sino del cuarto reino y de lo regido por el Rayo de Armonía a través de Conflicto. El plano búdico, el 4º, relacionado de igual modo con este Rayo sabe como mantener la unidad en medio de la disparidad, y su poder sintético es enorme. Cualquier vibración de este plano, del átomo búdico de la Tríada, nos traerá paz, armonía y belleza. Y también Gozo Divino o Beatitud. En realidad sucede que en la naturaleza todas las funciones necesarias resultan atractivas. Podríamos mover la cabeza con incredulidad si pensamos como sucumbimos a la atracción morbosa de nuestros conflictos, más divertidos y variados que el aburrido cielo propuesto. Que el Gozo Divino se nos presente de modo tan descolorido es fruto de miles de años de énfasis en el sufrimiento y el dolor como único camino. Si se presentase de forma tan atractiva como sus méritos parecen prometer, nadie en su sano juicio querría renunciar, y sacrificaría con gusto sus pequeños apegos. Nadie protesta demasiado si algo bueno cuesta algo. Así que basta con poner un poco de orden en los valores de nuestra vida, y desear con fuerza lo bueno.
Krishanmurti es esencial aquí, y también el enfoque zen. La atención sin objeto está justificada porque no tenemos ni idea de aquello sobre lo que debemos enfocar nuestra atención. Nuestro equipo es demasiado burdo para imaginarse la sublime belleza del plano búdico, así que puede parecer mejor tomar el Reino de los Cielos por la fuerza, a fuerza de pura voluntad y atención. Pero no podremos recorrer este camino si no hay algo de guerrero en nosotros. Si parece que estos razonamientos pecan de voluntariosos, parece bien, porque ningún desenvolvimiento psíquico sucede a espaldas del Alma: ella misma los inicia, y la colaboración personal es condición necesaria pero no suficiente. La necesaria humildad tiene un componente muy práctico: nuestra potencia es prestada y dependiente. Toda jactancia cabalga siempre sobre los méritos de otro, y tan infantil como el niño que vence con la ayuda secreta de su padre. No decidimos sobre los pasos a dar, solo preparamos el camino o lo hacemos transitable. Como consecuencia, hemos de desarrollar la fe a la par que la humildad. ¿Qué niño se preocupa de la economía de la casa? ¿Por qué habríamos de preocuparnos por la marcha de nuestra evolución? Está garantizada, y procederá en sus justos términos. Podemos trabajar con celo de forma despreocupada y actitud naive. Podemos relajarnos y descubrir "qué" es lo que quiere hacer nuestra energía de forma natural. Y hacer dejando hacer y con fe ("¿Pues que padre daría a un hijo una piedra?"). No podemos controlar nada, y no tenemos por qué. Esto en sí es una gran liberación, la confianza despierta en la bondad de todo y el aligeramiento del espíritu. Volvemos al cielo volando antes que a tirones de polea. Finalmente tiraremos por la borda toda la pesadez de la vida y sus formas en aras de un aire más puro.
Hay una forma sutil que vibra, y el resultado de esa vibración es un yo autoconsciente. Esta forma es producto de la confabulación entre una Mónada y un Ángel. La conciencia es una potencialidad de la Mónada que encuentra su expresión en determinado plano operando a través de determinado tipo de sustancia. Pero el Yo, en sí, es independiente de la conciencia, y persiste aún cuando ésta no existe o resulta muy precaria. Esto es la Hostia: un Yo puede ocupar el cuerpo que le de la gana por poca conciencia que tenga y seguir siendo Yo al mismo tiempo que el objeto es abrumado por el Yo de tal manera que no puede sino ser totalmente el Yo. Y el Yo se deshace de esas formas con la misma facilidad que se incorpora: nada le afecta. Si la filosofía del optimismo redentor nos pareciera unilateral, el dolor tiene un valor pedagógico de alto rango: el valor de rescatar y guiar la ingenuidad infantil, y que a la vez esa ingenuidad nos guíe hacia donde solo ella puede entrar. En todo corazón yace el dolor de la separación, y ese dolor nos conduce a nuestro deseo más ferviente, amor sin límites, eso que somos. Volver a ser lo que fuimos: Uno. Solo siendo niños aceptaríamos el juego de dejar de ser quienes creemos que somos por un momento para ser Uno. Se podría pensar que en la pasada Era se ha practicado en desmasía el juego del dolor para llegar al éxtasis a base de endorfinas, pero a pesar de eso la soledad termina siendo la única manera de estar con uno mismo y darse cuenta de que es a Uno a quien se ha estado buscando vanamente por eones, y que Uno está en el corazón, en el sitio del dolor. La anestesia no cura, solo anestesia. Sentir de nuevo es permitir sanar lo que quiera que duela, si algo duele. De donde duele mana amor sanador. Autosanamos porque siendo quienes somos, Maestros de Compasión, no permitiríamos sufrir a un niño sin motivos, y menos a nosotros, víctimas del espejismo del desamparo, pues nunca estuvimos solos. La autocompasión que se solaza en la pena no puede percibir eso, pero la Autocompasión es depertar para siempre, con perdón. Lo que es ridículo es esperar que alguien nos ame sin perdonarnos. La autoaceptación pone en marcha ese mecanismo constantemente, pues fallamos de modo miserable. Pero uno ha de ser expulsado para marcharse del campo, y esa expulsión no llegará nunca. Y si hemos de seguir jugando, hemos de dejar lo mejor en el campo sin dejar que la culpa nos mutile. Y no sé a quién se le ocurriría la idea de que aceptar las culpas de los demás podría tener un efecto positivo. No sin un amor fuera de toda medida.
José Antonio Rodriguez
|
|
Escuela Huber de Astrología - www.escuelahuber.org - escuelahuber@telefonica.net - Apdo. correos 96.033 - 80808 Barcelona (Spain) - Tel. +34 93.415.25.30 |
|